Soraya
Si en la vida todo es ir,
Soraya sigue yendo por la vanguardia.
Soraya, el elemento por descubrir.
“Los pantalones, un cheque en los bolsillos encontré, lleva mi nombre, hasta los calzoncillos manché. Ay, ay, ay, ay, ay, coge ese dinero Manué”.
Así, hoy somos los españoles los que, con nuestros votos, decidimos cómo, cuándo y en qué circunstancias una mujer puede abortar, reconociendo siempre que no debe ser un plato de gusto para ellas llegar a ese extremo. Lo que digan los obispos, hoy por hoy, no tiene porque ir a misa. Podrán seguir manifestándose por las calles, haciendo campañas demagogas y criticando desde sus micrófonos, porque les ampara la Constitución.
Señores próceres de la Conferencia Episcopal: bienvenidos a la democracia.
Siempre me gustó la forma que tenía de contarme sus andanzas en Logrosán, su pueblo, y sus ligoteos de universidad. De pronto, en medio de una clase de Teoría de la Información (aquella asignatura que impartía una señora que parecía un señor disfrazado de señora, que resultaba ser la esposa de todo un icono de la escuela), te soltaba: “¡Ay Jesús, me ha salido un pretendiente!”
Acostumbrada a no dar nunca un no por respuesta, María José aceptaba una cita con ellos. Un cine no le viene mal a nadie. “¡Es que no sé qué hacer, la verdad es que es un muchacho muy aparente!”, me contaba a la tarde siguiente, entre clase y clase. María José tenía una facilidad inusitada para llevarse bien con los progres de la facultad, con los curillas como aquél que terminó trabajando en la COPE, o con los que pasan por la vida sin dar mucho la nota, como es mi caso.
Hace unos días volví a saber de ella, a través de una de esas redes sociales de Internet que están tan de moda. Solo por sus fotos he podido comprobar que conserva la candidez de aquellos años, pero con un punto de madurez, que se refleja en su mirada.
La debo una llamada, para que me cuente como va su hermano pequeño con aquella novieta que a ella no le gustaba un pijo. Y para saber qué fue de Alfonso, aquel muchacho “tan aparente” que la acompañó a la boda de Eva. Por cierto, María y yo aún conservamos su corbata, esperando a que vengan a recogerla.
Llegas al trabajo con menos ganas que de costumbre, tus compañeros te contagian los síntomas de la crisis, te acercas al cajero y más de lo mismo. El correo no para de parir pellizcos en tus genitales y afuera todo sigue igual de negro que adentro de ti.
Siempre hay alguien que intenta animarte, y te dice que a lo mejor mañana sale el sol. Seguro que es un sol de agua, nunca será un verdadero sol naciente.
“Cuatro médicos están atendiendo las diez consultas de Atención Primaria. El retraso y los problemas los sufrimos todos. Si quieren poner una reclamación, las hojas están disponibles en admisión”.
Y que tenga que decir uno que la borrica es buena, con las coces que pega.
En este post no quiero más que recomendaros el libro que tengo entre manos estos días: “Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida”. Son las memorias del poeta Marcos Ana, que durante más de dos décadas gastó su vida entre los muros de las cárceles de Porlier, Alcalá de Henares y Ocaña.
Hace poco tiempo tuve ocasión de escuchar a Marcos Ana en la presentación de su libro en Aranjuez. A sus 88 años, acudió invitado por el Aula de Poesía José Luis Sampedro, que ahora dirige mi compañero de redacción Ricardo Lorenzo. Marcos Ana narró algunos de los episodios más sangrantes que tuvo que sufrir en las cárceles del franquismo y demostró que ni el rencor ni las ansias de venganza se esconden tras las reivindicaciones de recuperación de la tan traída y llevada “memoria histórica”.
La lectura de las memorias de Marcos Ana son el mejor argumento para afrontar con todas las de la ley aquellos hechos que marcaron para siempre la vida de miles de españoles. El gobierno y los jueces de un estado democrático como el nuestro deben tener mucho que decir a este respecto. Si no lo creéis así, coged el libro y comenzad a leer.
“Decidme cómo es un árbol. Memorias de la prisión y la vida”. Marcos Ana. Ed. Umbriel - Tabla Rasa. 2008.
El tertuliano se levanta muy temprano. Si no tiene radio tiene tele, y en los massa media el tiempo y la puntualidad son sagrados. En torno a las 5.30 de la mañana, el tertuliano ya se coloca frente al ordenador de casa para abrir el correo. El último recibido llegó anoche, a las 23.20 horas, con las consignas del partido.
Si el tertuliano tiene barba, se ríe haciendo un ruidito insportable y habla con aspiraciones, el correo de anoche le llegó de Génova, de infoarrobaelpepé.com. Ahora, si es tertuliana, bajita, rechoncha e impertinente, el correo le llega desde loquemandapepiño.com.
Después, el tertuliano/a se ciñe su corbata, se cepilla la caspa de la americana o bien se pinta el ojo y se lanza al taxi. “Póngame la COPE, a ver qué dicen hoy los míos”, espeta al taxista. “Anoche le dio usted fino a Pedro Jota en eso de los micrófonos que suben y bajan ¿eh?”, ríe el chófer.
Luego le para en Radio Tal, y le espera para llevarla al programa de Ana Prosa, y de ahí a lo de Curry, que no llego oiga, y así hasta por la noche. Eso sí, en el maletín nunca faltan las consignas de pepé y de pepiño. Ni el talón por no decir nada, decir lo mismo, o por opinar de lo que no entienden ni huelen.
Y a la 1 de la madrugada aparecen por casa, con el flequillo caído y la voz rota de despotricar por los estudios y platós.
Menudo rostro, oiga.